Latinoamérica me ha salvado varias veces la vida…en el sentido simbólico y metafórico.

 
Señor Sabina, ¿el trazo, la melodía o la palabra?

La palabra… siempre la palabra. La melodía vino después. A mis dibujos les llamo “garabatos”: no son más que una especie de divertimento que me inventé para no aburrirme durante mis giras. Hago conciertos muy seguidos, en giras que son largas. Entonces, para cuidar la voz, entre concierto y concierto, tengo prohibido hablar. Y cubro las horas muertas haciendo garabatos, algunos de los cuales aparecen en Muy personal. Es decir, cuando me quedo sin palabra hablada, tomo un cuaderno y allí hago canciones y dibujos.

¿La música no es el arte más universal? Trasciende culturas y, para apreciarla, no hace falta ni hablar ni escribir, solo saber escuchar…
No estoy muy seguro de ser un músico, soy un escritor de canciones, un cantante de melodías y, claro, en mis canciones las letras son muy importantes, fundamentales.

Quizás los “garabatos” vengan en cualquier momento; en cambio, las canciones aparecen en momentos de desamparo…
Sí. La canción y la poesía necesitan un rayito mágico de inspiración, no vienen en horas de oficina; no basta con sentarse a esperarlas, a forzarlas, porque quizás no vengan… o no se atrevan a venir. Yo paso largas temporadas sin escribir, sin componer nada. Sin embargo, un cuaderno en blanco y unos lápices de colores siempre están a la mano, basta a ponerse a jugar con ellos.

¿Tiene un espíritu dramático?
Todo el mundo tiene un espíritu dramático. Yo diría que tengo un espíritu melodramático (ríe): siempre trato de hacer de la tragedia un melodrama y, al final, incluso sacarle unas cuantas risas.

¿El drama, el melodrama, la tristeza hacen que el artista sea más creativo?
Sí. La desesperación, el desamor, la crisis son muy fecundos para el arte. Por ejemplo, las terribles crisis por las que ha pasado siempre la humanidad han sido muy malas para la subsistencia de la gente y la vida económica de un país, de un territorio, pero muy buenas para la creación artística. En momentos de grandes desajustes, de grandes dramas sociales, aparece siempre una generación magnífica de poetas, de pintores, de músicos. En mi caso, cuando estoy moderadamente feliz, me cuesta demasiado hacer una canción; la felicidad no tiene hermosas canciones, las hermosas canciones proceden, repito, del desamor, de la frustración; uno escribe sobre aquello que no tiene, sobre aquello que uno ha perdido.

¿Preferiría ser un músico sin inspiración con tal de que el mundo la pasase mejor o el mundo es un espacio inevitablemente doloroso?
Inevitablemente doloroso, no. Los movimientos sociales y los ciudadanos tienen en sus manos un poder que deberían usar más de lo que lo hacen. Y, por supuesto, si fuera por la felicidad de mi gente, yo no escribiría ninguna canción… de esto que a nadie le quepa ninguna duda.

Es amigo de Alfredo Bryce, quien dice que él escribe para que sus amigos lo quieran más. Algo similar decía Gabriel García Márquez. ¿Para qué escribe canciones?
Para corregir el mundo, para tener lo que no tengo, para hacer realidad mis sueños, para tener otras vidas, para corregir mi propia vida.

¿Cree que una canción puede cambiar el mundo?
Yo no creo que una canción pueda cambiar el mundo, no soy tan romántico ni tan optimista (ríe). Sin embargo, pienso que la canción es un género mágico que se agarra como una lapa a la memoria sentimental de la gente. Te puede sacar de un pozo, de la depresión producida por un día tristísimo. La memoria sentimental de la gente está unida a canciones, he allí su magia.

Quizás una canción no pueda originar una revolución social, colectiva, pero sí una revolución personal, emocional…
El escritor, ya sea de versos o de canciones, solo tiene un compromiso, y es con su don, con su arte –‘arte’ en minúsculas en el caso de las canciones–. El compromiso social lo tiene el ciudadano, y claro que un artista, un escritor, un pintor, es un ciudadano, pero las canciones no tienen más compromiso que el que hacen consigo mismas.

¿Le gusta la España de hoy?
Los acontecimientos de las últimas semanas, tanto en España como en el mundo –Gaza, Ucrania, el ébola, que ya llegó a España–, son absolutamente trágicos, y nos muestran a una humanidad que sigue viviendo de la explotación, de la miseria y de la depredación. Por ejemplo, no se tiene una vacuna contra el ébola porque, hasta hace poco, esa enfermedad solo mataba a negros; ahora que hay dos estadounidenses y un español enfermos o muertos, recién el mundo se preocupa por esto. Así de cruda y dramática es la realidad. No creo que hayamos avanzado demasiado. Y en cuanto a España, seguimos viviendo una crisis económica brutal: se está desmantelando el Estado de bienestar, la seguridad y sanidad públicas, la educación gratuita… y todo se lo están pasando a manos privadas, procesos que en Perú y América Latina conocen de sobra. Tengo 65 años y es la primera vez que en España veré que los hijos vivan peor que sus padres; no hay esperanza de futuro, todo lo que vivimos es muy dramático.

¿Qué significa para usted llegar a América Latina?
Tendría que hablar en términos líricos: Latinoamérica me ha salvado varias veces la vida… en el sentido simbólico y metafórico. A América Latina yo llego y no enseño nada. Voy a aprender, voy a llenarme de colores, sabores, sonidos, besos, situaciones todas ellas que me llenan de vida y de gozo.

Volvamos a Muy personal, su libro. Allí hay varias referencias a Mario Vargas Llosa, quien es muy amigo suyo…
Primero, aclaremos que yo tenía 25 cuadernos con dibujos y textos… y de ellos se hizo una selección y todo lo redujeron a uno solo (ríe). Dicho esto, ha sido una casualidad que se publicara un par de textos donde hablo de Vargas Llosa. Para mí, el Perú es muy importante: hace 15 años duermo con una peruana (Jimena, su novia, es de nuestro país); mi casa está, todo el tiempo, llena de peruanos, y visito su país un par de veces por año. Además, como dice, soy muy amigo de Alfredo Bryce y Mario Vargas Llosa… y de otra gente buena que no es muy conocida. Lima, dentro de su caos, es para mí una ciudad que me abriga mucho, muy hospitalaria… En eso se parece a Madrid: un limeño te conoce y, a los cinco minutos, ya te ha invitado a su casa… algo que solo pasa en Lima y Madrid. Yo siempre estoy en contacto con el Perú y diría que es mi segunda patria.

¿Es verdad que José Tomás le regaló uno de sus trajes?
Sí, me lo regaló cuando cumplí 60 años: es de color ‘purísima’ y está lleno de sangre, de su sangre, producto de un faenón que hizo en Las Ventas. Es, sin duda, el mejor regalo que me han hecho en mi vida.

peru21.pe


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