Libro | Memorias del exilio

En 1976 se publica el libreto de canciones Memorias del exilio en la editorial Nueva Voz. Estos versos, constituirían el grueso principal dos años más tarde de su primer disco, titulado ” Inventario “. El libro fue editado por la Editorial Nueva Voz, con una tirada de 1.000 ejemplares que el propio Joaquín se encargó de distribuir por el área de Portobello Road de Londres, vendiendo hasta el último de ellos gracias a su don de gentes y a las muchas amistades trabadas en el más de medio lustro transcurrido en la capital británica.

Al publicar Memoria del exilio, Sabina escribe un prólogo para dejar claras las intenciones:

“No me engaño sobre estos textos, fueron escritos para ser cantados. Me temo que leídos resulten desabridos como puchero de pobre; echan de menos la voz y la guitarra”.
Esta conciencia de los tonos diferentes exigidos por el poema y la canción no supone un orden jerárquico, un privilegio valorativo a favor de alguno de los dos mundos.
No nos engañemos, porque Joaquín respeta demasiado a la poesía, y no está dispuesto a jugar la partida hipócrita del cantante de éxito que cambiaría sus discos, su público y su fama por un plato de musas.
“Quizá no se habla lo que se debiera de las viejas pero nunca perdidas relaciones entre la canción cantada y la poesía. Quizá no se habla -aunque se habló- de la poesía de los cantautores. ¿Quién duda de la belleza lírica de muchas canciones de Serrat o de Aute o de Joaquín Sabina, todos ellos con piezas hermosísimas? Pero esas canciones ¿podrían leerse en un libro -sus letras- olvidando la música y la voz? ¿Serían lo mismo? Me parece que el tema está aún por debatir.”
García Montero postula acerca de Sabina que “Sus saberes literarios, sus lecturas de Quevedo o de César Vallejo, le facilitaron los recursos imprescindibles para escribir algunas de las mejores canciones de la segunda mitad del siglo XX, pero también le hicieron comprender las diferencias que hay entre un poema y una canción”. Inmediatamente antes ha afirmado: “Joaquín Sabina es cantante y poeta. Por ajustar más: no un cantante metido a poeta, sino un poeta metido a cantante”. … ¿Y cómo ha vivido esta dualidad -o esta consustancialidad- Joaquín Sabina? En principio, a través de sus versos de adolescencia, de los que García Montero da cuenta al transcribir el fragmento de un poema editado en la revista “Tragaluz” y citado por Andrés Soria Olmedo en su volumen Literatura en Granada (1898-1998). Pero, luego, apropiándose del oficio de juglar en su primer disco, Inventario (1979), al musicalizar y cantar el texto medieval “Romance de la gentil dama y el rústico pastor”, donde pueden rastrearse claves de la que será su letrística a lo largo de los años siguientes y hasta la actualidad. … Ciento volando no es, por cierto, el primer poemario de Sabina. Éste se tituló Memoria del exilio (Londres, 1976), recogió buena parte de lo que tres años más tarde sería su álbum debut y en su prólogo, transcripto por Javier Menéndez Flores en la biografía Joaquín Sabina. Perdonen la tristeza, el ya cantautor establece las diferencias entra letra de canción y poema: “No me engaño sobre estos textos, fueron escritos para ser cantados. Me temo que leídos resulten desabridos como puchero de pobre; echan de menos la voz y la guitarra. El exilio y la impotencia son culpables de que se editen en forma de libro… Creo en la canción como género impuro, de taberna, de suburbio; por eso amo el blues, los tangos, el flamenco. Mis canciones quieren ser crónicas cotidianas del exilio, del amor, de la angustia, de tanta sordidez acumulada que nos han hecho pasar por historia…”
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ESO SERA POESÍA |  Joaquín Sabina, Edimburgo, febrero 1971
Sentarse en una mesa
coger papel y pluma
encender un cigarro
elegir al azar un libro del estante
acariciar con indolencia el lomo
recostar cuidadosamente la mejilla
en el dorso de la mano
el codo en el tablero
en actitud pensante
cagarse en las palabras
poner algo de Mozart a ver si echa la mano
recordar un domingo con sol tras los visillos
decir tres veces mierda
levantarse con furia
bajar las escaleras
abrir la puertecilla del retrete
arrojar el papel echo una bola
tratar de mear dentro
como exige el letrero en tres idiomas
decir amén jesús
abotonarse.
LA MUCHACHA QUE VEIA PASAR LOS TRENES | Joaquín Sabina, Londres, octubre 1974 – enero 1976
En aquel tiempo había en mi vida un llano
y un tren que fatigado lo surcaba
y una casa en el llano, y unos ojos
detras de la ventana.
Cuantas veces has sido en mi memoria
signo que del olvido rescataba
ese pueblo perdido en el trayecto
de Huelva a Granada.
Tú eres hija del jefe de estación,
y yo era el forastero que pasaba,
que desde el tren mugriento te decía
adiós con la mirada.
Tu pueblo mas que pueblo era una aldea,
un puñado de casas escaladas
donde vivían apenas tres familias
con un televisor y algunas cabras.
Nadie bajaba nunca de ese pueblo,
cada día se fugaba un esperanza,
la vida era para ti ese largo
tren que nunca alcanzabas.
Con la ilusión poblada de paisajes,
un ondulante adiós en la mirada,
en cada mano un paloma triste,
salias a la ventana.
Allí donde la vista ya no llega
habría una ciudad que te aguardaba,
tendría que ser el mundo mas hermoso
detras de las montañas.
Pero los días pasaban y los años
y pasaban los trenes, y quedabas
en la aldea silenciosa, como un pajaro
con las alas mojadas.
Pasaron otros trenes en mi vida
cuyas vías no cruzaban por tu casa,
y no vi mas tu rostro y tu pañuelo,
tus manos y tu falda.
Pero aún te recurdo con cariño
muchacha que, asomada a la ventana,
miras tristemente al forastero
que nunca se apeaba.
Y me duelen tus pechos presentidos,
tu cintura que nadie rodeaba,
tu habitación !tan fría por las noches!
sin mi cuerpo en tu cama.
Por eso es para ti mi canción,
recuerdo del muchacho que pasaba
en aquel tren que hacia el recorrido
de Huelva a Granada.
EL VIOLINISTA (dedicado a Miky) | Joaquín Sabina. Londres, noviembre 1975
El viejo vagabundo del violín
canta en el metro su canción,
envuelto en un mugriento abrigo gris
toco su solo de bordón.
Bailando en las calles del humo yo lo vi
buscando en la basura alguna flor,
por las esquinas de su su eqo lo seguí
hasta que tras su nube se perdió.
También quisiera yo dejar así
en cualquier metro mi canción,
escarbar en cualquier cubo de zinc
comer el pan que alguien tiré.
Si te pide dinero dale o no
pero no se te ocurra preguntar
no seas imbécil, no pretendas enseñar
a alguien que sabe mas que tú y yo.
A veces yo le he visto sonreir
a la mitad de su canción,
recordando quizas al ver me a amo,
cuando aún él era como yo.
El viejo vagabundo canta, si,
mas nadie se detiene a escuchar
al mudo absurdo, que toca su violín
para los sordos de la gran ciudad.
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