Siempre estoy buscando un pretexto para venirme a la Argentina, me inventé esta gira

“Yo no divido mi vida en etapas, pero en la época en la que grabé 19 días y 500 noches (1999) sí pasaron cosas que cambiaron mi vida, y hubo un antes y un después de ese momento.” En una sala del hotel Four Seasons porteño, a solas conClarín tras una concurrida conferencia de prensa, Joaquín Sabina justifica con razones de peso su decisión de armar la nueva gira que lo trajo a la Argentina, que comienza mañana con el primero de una decena de shows programados en el Luna Park.

“Dejé de consumir algunas sustancias inadecuadas, tuve un ictus -que es un accidente cerebral bastante serio que por suerte no dejó secuelas-, me enamoré con la misma mujer con la que sigo 15 años después, lo que en mí es un récord de Guiness y dejé una especie de testamento, porque me parecía que 50 años era una edad mucho mayor a lo que yo hubiera pensado llegar nunca”, enumera.

Y, aunque ya sobraban los motivos, el cantante y compositor nacido hace casi 65 años en el pueblo español de Ubeda encontró en el disco, además, una coherencia y una intensidad que lo hacían digno de ser ‘revisitado’. “Y como siempre estoy buscando un pretexto para venirme a la Argentina, me inventé esta gira, para revivirlo sobre el escenario tal como somos ahora, tal como tocamos ahora, sin pretender hacer arqueología”, remata.

¿Cómo te recordás en aquellos días?
Venía de hacer el disco con Fito (Páez), con quien pasó de todo, y en su gran mayoría cosas buenas. Pero nuestro método de trabajar era muy distinto, y necesitaba hacer algo más personal para desintoxicarme de la dupla. Y me sumergí en noches y noches sin dormir, con la guitarra y el cuaderno al lado. No recuerdo haber hecho ningún otro disco, ni antes ni después, con tal grado de intensidad creativa.

¿Las sustancias inadecuadas fueron parte de ese proceso, o ya no estaban en tu cotidianidad?
La dejada fue durante el disco. Si no, de qué iba a estar tres noches sin dormir. Pero las dejé sin ningún proceso moralista ni por cuidar mi salud, ni nada parecido. De hecho, lo hice tres meses antes que el ictus; así que puede ser que el ictus haya sido provocado por haber dejado (ríe con ganas).

¿Entonces?
Entonces, que pasó como pasa con tantas otras cosas. A lo mejor tienes un romance maravilloso con Miss Universo, y a los tres meses te parece gorda. Pues a mí me pasó que ya no me daba esa clandestinidad, esa sensación de lo prohibido, y decidí que ya no lo necesitaba. Sin arrepentimientos por lo hecho y lo vivido.

¿Clandestinidad?
Clandestinidad, pecado… Pero además, como saben los altos ejecutivos -porque fue la droga de Wall Street- la cocaína crea una gran intensidad en el trabajo. Te concentras en una cosa, y eso se vuelve obsesivo. Y la verdad es que desde el mundo es mundo los artistas se han drogado con distintas cosas, hasta que sus demonios internos se convirtieran en arte, de alguna manera. Eso me pasaba; y cuando dejó de pasar dije: ‘hasta aquí hemos llegado’.

¿Dónde encontrás ahora esa clandestinidad o pecaminosidad?
A mí me gusta ir a lugares en los que no me conozca nadie, bares de dudosa reputación en los que pueda estar en un rincón, donde nadie me moleste y desde donde vea cosas que me provoquen. Para mi último disco, Vinagre y rosas, me fui a Praga, una ciudad con unos clubs de jazz y bares de dudosa reputación fantásticos.

Y te llevaste un amigo para que te nutriera con sus historias de desamores.
No sé hacer canciones de amor, sobre la razonable vida doméstica. No sé hacer canciones sobre la madurez, sobre la sabiduría de no se qué. Necesito un poco de drama, de tragedia, de vinagre. Y tenía un amigo, un poeta fantástico llamado Benjamín Prado, al que una chica lo había dejado hecho mierda. Así que me lo contó, y viví un desamor ajeno.

¿Ya encontraste a quién robarle historias para el próximo?
No. Creo que las canciones que estoy escribiendo ahora son una especie de manual para envejecer sin dignidad.

¿Estás probando sus enseñanzas en carne propia? 
Lo intento. Siempre que los entornos lo permitan. (Ríe)

¿La primera regla básica?
Hacer lo que uno soñó de joven, que es llegar a ser un viejo verde.

¿Ser un viejo verde incluye coleccionar cosas antiguas?
Hay quienes dicen que tu casa es una especie de museo, llena de objetos de tiempos idos. Pero no es por nostalgia, sino porque me gustan los objetos llenos de memoria, que cuentan una historia por sí mismos. He sido así desde hace mucho tiempo. Me han gustado los rastros, los San Telmo, los mercadillos donde las familias van dejando lo que les sobra y uno busca lo que necesita para llenarse de memorias ajenas.

Sabina sabe que aquí juega de local, y no pierde ocasión de decir que en Buenos Aires se siente como en su casa. Tan en su casa que, con una camiseta de Boca a un costado, su comentario del triunfo ante Vélez -el domingo- revela un profundo conocimiento de la actualidad del equipo de sus amores de este lado del Atlántico.
“Estar en esta ciudad es estar donde siento que debo estar”, había dicho un rato antes, durante la conferencia de prensa, en la que dijo que para él “el onanismo es una práctica diaria como ir al gimnasio”, y en la que sugirió que si hay nuevas generaciones que se interesan por su música será porque “algunos músicos jóvenes son muy viejos”.

¿Podés explicarlo mejor?
Me refiero a que no veo un Bob Dylan de 20 años; ni un Georges Brassens, ni un ‘Polaco’ Goyeneche o una Chavela Vargas. En un momento el rap me pareció maravilloso, porque los chavales podían hacer rimas y palabras y palabras. Pero ahora sólo dicen ‘yo la tengo más larga que tú’. Eso me ha desmoralizado y desconsolado muchísimo. Se convirtió en música del tipo ‘fast food’.

¿Cómo ves a la Argentina?
Me acuerdo de (Salvador) Dalí, que decía que su método de pintar se llamaba “paranoico crítico”. Yo creo que la política de la sociedad argentina es ‘paranoica cíclica’.

¿Por qué?
Porque cada vez que termina un gobierno, yéndose en helicóptero, con un ‘corralito’ o con híperinflación, el siguiente empieza por otro lado.

Sin siquiera mantener lo bueno del anterior.
Exacto. La estabilidad democrática se consigue con mucha dificultad, y creo que algunas bases que se pusieron en el primer gobierno de (Néstor) Kirchner corren el peligro de que las tiren por la borda y empiecen de nuevo. Pienso que eso debería cambiar; pero no soy un analista político ni un sociólogo. Me guío sólo por impresiones y por cosas que me cuentan. Pero hay algunas cosas que me alarman.

¿Por ejemplo?
Me alarma un poco la inflación desmesurada y el grado de violencia que hay otra vez en las calles, y en las villas. Y el problema con los fondos. Particularmente en ese caso, estoy bastante de acuerdo con el Gobierno. Pero me parece que carecen de diplomacia: ‘Manque de finesse’. Falta sutileza para tratar el tema. Y me parece que pasa lo que siempre pasa con los gobiernos peronistas.

¿A qué te referís?
A que han dividido mucho. Y es una pena muy grande que eso suceda.

Cuadernos de un “impúdico” | “No son pinturas, son garabatos”, dice Joaquín Sabina sobre Muy personal, su libro lanzado ayer a la venta por Editorial Planeta. “Me parece que el libro, como mis dibujos, son prescindibles”, dice, restándole importancia al tema, al que se refiere como “un juego” que tomó forma a partir de cuadernos que a lo largo de los años fue llenando de “trozos de diario, chistes, furcios, pedazos de canciones y dibujos caóticos.”

En el prólogo, escribiste que “pintar es un placer insolidario sin público ni miedo al escenario”. ¿Publicar esa producción no es una manera de sacar a escena tu intimidad?
En cierta medida lo es. Fue un proceso que viví con un elegante desapego, sin meterme mucho en la elección de lo que se iba a publicar. Es cierto que cuando hacía esos cuadernos pensaba que no los iba a ver nadie más que la persona que duerme conmigo, a la que a veces le mostraba algo. Porque también hay mucha palabra, que tiene que ver con algo íntimo. Pero digamos también que soy más bien impúdico. No conservo para mi intimidad tantas cosas como otros que tienen un corazón de monjas de clausura. Me parece que no hay nada sagrado en la intimidad.

A tal punto le prendió a Sabina la idea, que ya piensa en la publicación de otro libro, con mayor supervisión suya. “Voy a cuidar más los dibujitos”, advierte.

¿No va a perder el encanto de la espontaneidad que tiene éste?
Es probable que pierda algo de eso, como que también gane cierta técnica y coherencia. Siempre se pierde algo.

clarin.com


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